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  • Foto del escritorYolanda Cruz López

El ejercicio de la memoria

«Cuando la memoria nos chilla sin piedad al oído, quizás lo único que deberíamos hacer es sentarnos frente a ella y escucharla»


Martes, 20 de febrero 2024. EL IDEAL


El saludable ejercicio de la memoria nos asusta y nos conmueve, quizás precisamente por eso preferimos postergarlo cuando se nos despiertan el deseo o la curiosidad. La memoria saca del cajón de los recuerdos escondidos momentos, instantáneas incomprensibles una veces y tan certeras otras que la consciencia y la conciencia que conllevan suponen un peso que no todo el mundo está dispuesto a realizar.


La memoria individual va más allá de nuestros recuerdos, y si decidimos ignorarla, nos asalta cuando desprevenidos o desprevenidas, según quien lea, nos movemos en la casi siempre falsa seguridad de sabernos en el conocimiento de quiénes somos, de dónde venimos, a quién debemos tal o cual reacción o quién manifiesta su gusto o disgusto ante las fresas o el ruido a través nuestra. Cuando la memoria nos chilla sin piedad al oído, cuando reclama la atención que precisa para saberse recibida y acogida, quizás lo único que deberíamos hacer es sentarnos frente a ella y escucharla ya que si existe como para plantarnos cara y reclamar lo que de ella nos interesa, significa que en algún momento aconteció, y lo hizo con tal contundencia y veracidad que la marca, arañazo, cicatriz o beso que perdió allí donde se refugian nuestra emociones se resiste al olvido.


Difícil relación la nuestra, memoria, olvido, conciencia, consciencia y recuerdos. Pero más compleja es la relación cuando la que vocifera clamando atención es la memoria colectiva, primero porque no todo ser humano se encuentra cómodo en la balsa de la colectividad, sentirse parte de un todo, perder la individualidad y ceder espacio al protagonismo del otro a costa del nuestro, es ardua tarea. Segundo, porque toda memoria conlleva una carga de emociones ya sean la frustración, la rabia, el dolor y la impotencia de los olvidados, ya sean la vergüenza y el agotamiento de los que olvidan. La vergüenza de saber que olvidan y callan, y el agotamiento de luchar por conseguir que el resto ignore su interés por perder en el limbo del olvido las voces de la injusticia.


El pasado sábado me topé con dos memorias, de camino a Almería desde Aguadulce 250 personas que portaban banderas españolas, republicanas, andaluzas, de Euskadi e incluso alguna bandera palestina, se trataba de la marcha por la Desbandá, ruta a pie desde la malagueña cala del Moral en el Rincón de la Victoria, hasta Almería por la costa. Octava edición ya del homenaje a las víctimas de la Guerra Civil que murieron bajo el fuego aéreo alemán y bombardeo desde buques italianos mientras huían desde Málaga a nuestra ciudad, más de 200 kilómetros que pocos consiguieron superar. Se desconoce el número exacto de víctimas, no se recuperaron sus restos ni se sabe donde pueden encontrarse las fosas en las que se enterraron, solo se calcula que intentaron huir de Málaga unas 100.000 personas.


La otra memoria se escondía en La isla de las cosas perdidas, de la compañía murciana La Tendía. Un cuento, que no por ello infantil, sobre la aceptación del legado de la memoria y de cómo esos recuerdos ajenos, ofrecidos con generosidad y amor, se convierten en nuestros, permitiéndonos ser lo que somos.

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