Su momento de gloria
- Yolanda Cruz López

- 31 dic 2025
- 3 Min. de lectura
«Dolores, Ro enamorada, la clown, compañera, ha sido un placer heredar el cariño y el respeto que le mostrabas a mi sangre»
Miercoles, 31 de dicembre 2025. EL IDEAL
La realidad y la ficción, si todo es ficcionable, todo aquello que nos parezca ficción no tiene por qué ser solo eso, una fantasía más o menos colorida de alguien, un relato que encajamos como ficción en el mismo instante en el que nos lo ofrecen, no tiene por qué, de hecho, probablemente no lo sea para el relator que nos hace partícipes de una trama acontecida en algún lugar, en algún momento.
A quienes escriben, quienes recrean instantes, vidas, emociones, misterios o venganzas, la frontera invisible entre lo real y la realidad no les pilla de nuevas, seguro que la transitan de un lado a otro, ahora arrastrando los pies, ahora huyendo de su propia sombra en busca de la palabra, el gesto, la justicia o el dolor con que hacer tropezar a los protagonistas de su historia. A nuestros lectores no hay que explicarles que la realidad es una cosa y lo real otra, suponemos que lo entienden, por más que intenten ser los primeros en llegar a la meta de la yincana temática con el saco cargado de coincidencias biográficas con nuestros protagonistas, como si se tratase de un concurso averiguar cuánto de nosotras o cuánta verdad hay en cada línea. Es el pacto tácito entre autor y lector sellado en las páginas que uno inventa y otro agradece, un principio y un final que alivian del esfuerzo de la creación al primero y preservan la ética del segundo.
Sin embargo, cuando el negro sobre blanco no es y a cambio, la historia, su pulso y sus giros nos llegan a través de la voz y el cuerpo de quien narra, la frontera se presenta más nítida y reconocible, piensa el público, necesita creer la audiencia para no dejarse llevar, para no lanzarse de la mano de la artista al maremágnum en el que parece flotar y desde el que te clama y reclama, como una sirena endemoniada para unos, triste para otros. Su voz, agarrada y áspera; su cuerpo de payasa, unas veces plástico y otras cristal; sus ojos, antifaz de seda para ella, palco para quien quisiera escucharla, sin miedo, atentos.
El dolor puede mostrarse de muchos modos, y la artista los recorrió todos. Desnuda sin pudor para mostrar heridas, carnes abiertas, corazones rotos, vientres desfasados, cadencias, carencias, orines, escarnios y hurtos. La línea interrumpida que separa lo real de la realidad, para ella y sus creaciones, hacía tiempo que se había desvanecido. La sirena loca se enseñaba, gritaba a quien la quisiera escuchar, reclamaba un lugar a este lado, donde la realidad, ya impuesta, permite a la audiencia dejar de esforzarse en entender el relato, uno sin principio ni final, un relato incómodo, que llega a deshoras, que te cuestiona, que tildas de ficción porque la realidad es más fácil y compromete mucho menos que lo real.
Dolores, Ro enamorada, la clown, compañera, ha sido un placer heredar el cariño y el respeto que le mostrabas a mi sangre, me ha encantado compartir escenario, tropezones entre bastidores y una cesta de huevos. Exigías tu momento de gloria, ¿recuerdas? Ojalá lo hubieras podido disfrutar antes de irte, porque aquí lo tienes, compañera, lo estás teniendo.





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