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  • Yolanda Cruz López

Aquellos inocentes

No entiendo la insistencia en dejar de contar cuentos en los que niños y niñas se enfrentan a brujas, ogros, madrastras y hermanastras envidiosas; qué narices de empatía, solidaridad, respeto y generosidad vamos a ofrecer al prójimo


YOLANDA CRUZ LÓPEZ

Miercoles, 28 diciembre 2022. EL IDEAL


Siempre me gusta hacer balance a final de año, es un ciclo que se cierra y nos ofrece la oportunidad de dedicar algo de tiempo a reflexionar sobre lo que podemos, queremos o debemos hacer los próximos doces meses. Hay quien realiza esta ceremonia en el día de su cumpleaños, pero a mi me gusta hacerlo ahora, sentada en uno de mis bancos favoritos, viendo la última puesta de sol del año y bebiendo un té, este es mi ritual. Pero, ahora mismo, cuando aún me quedan varios días para realizar la liturgia anual en los Países Bajos, en el jardín de una de las personas más generosas que conozco, mi amiga Linda Gosse, trato de aclarar el cúmulo de noticias, sucesos, situaciones o experiencias que bailan en mi cabeza pugnando por ocupar alguna línea en este artículo que tú, permíteme que hoy te tutee, vas a leer el miércoles 28 de diciembre, día de los inocentes.


No, no voy a entrar en recuperar el origen cultural de tal celebración que, cuando era niña, me provocaba un miedo horripilante a la figura invisible, aunque presente, del propietario del castillo que, en algún lugar del desierto, presumía de sus inescrutables muros y cuya réplica, mi madre se veía negra para colocar en las montañas de papel de embalar de nuestro 'belén', sí era el castillo de Herodes. Aquellas navidades, en las que el castillo de plástico amplió nuestra maqueta, fueron el marco de mis primeras preguntas insistentes a los adultos que me rodeaban y cuyas respuestas no recuerdo, pero sí, como si fuera hoy, mi extrañeza ante el hecho de que la muerte de aquellos inocentes, real o no, pudiera ser motivo de risa y de celebración. Puede que mi poco manejo en las bromas a costa de los demás proceda de mi incomprensión ante el hecho de que la salvaje historia del asesinato múltiple de niños recién nacidos provocara tanta gracia. No entiendo la insistencia en dejar de contar cuentos en los que niños y niñas se enfrentan a brujas, ogros, madrastras y hermanastras envidiosas, aludiendo a la necesidad de protección emocional de la infancia, cuando esas historias preparan más no solo a afrontar la cara oculta de la vida sino a empatizar con quienes mantenemos arrinconados en ella. Aunque quizás de lo que se trate, precisamente, sea de eso. Si educamos en el desconocimiento de la 'parte dura' de la vida, en el desconocimiento de las desgracias que pueden acabar en un instante con la posibilidad de guardar, en el corazón y en la memoria, recuerdos de una infancia feliz, qué narices de empatía, solidaridad, respeto y generosidad vamos a ser capaces de ofrecer al prójimo.


Permíteme que, desde estas líneas, además de desearte, con absoluta sinceridad, lo mejor para 2023, te pida un momento de tu tiempo, un minuto para ser exacta. Solo tienes que detenerte, pausa tu respiración, mantén el teléfono lejos y, durante esos sesenta segundos, dedica tu silencio, tu atención, a recordar a todas aquellas inocentes personas, incluidos los niños y niñas que un día fuimos, y pídeles disculpas por haberlos olvidado. Gracias y feliz año nuevo.

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